EL SISMO VISIBLE Y EL DERRUMBE SILENCIOSO

Violencia machista: el sismo permanente de la humanidad

Por Jorge Eduardo Medina Barranco

Breña Baja, S/C Tenerife, España 01/07/2026

El título de este artículo se refiere a un hecho muy profundo y doloroso: la humanidad suele conmoverse más ante el dolor visible, repentino y espectacular que ante el dolor estructural, cotidiano y normalizado.


El reciente desastre sísmico de Venezuela merece toda la solidaridad del mundo. Según reportes internacionales del 29 de junio de 2026, los terremotos en Venezuela han dejado una tragedia humana gravísima, con miles de víctimas, desaparecidos, rescates bajo escombros y una emergencia social muy dolorosa. Esa compasión es necesaria y legítima. Pero yo me pregunto: ¿por qué esa sensibilidad social no se activa con igual fuerza frente a la violencia machista, que no ocurre un día sino todos los días, que no derrumba edificios, pero derrumba vidas, que no siempre deja escombros visibles, pero deja miedo, trauma, orfandad, silencio y muerte?

La OMS estima que cerca de 1 de cada 3 mujeres en el mundo, unas 840 millones, ha sufrido violencia física o sexual de pareja o violencia sexual de otra persona a lo largo de su vida. Y ONU Mujeres junto con UNODC informaron que en 2024 alrededor de 50.000 mujeres y niñas fueron asesinadas por sus parejas íntimas u otros familiares: una mujer o niña asesinada en nuestro querido planeta Tierra cada diez minutos en el ámbito familiar o íntimo. En América Latina y el Caribe, la CEPAL registró en 2024 al menos 3.770 mujeres víctimas de feminicidio o muerte violenta por razón de género, unas 11 muertes diarias.


Ahí aparece una contradicción moral: nos movilizamos con rapidez ante la catástrofe natural, pero muchas veces permanecemos tibios, ambiguos o indiferentes ante la catástrofe humana repetida diariamente. 

Un terremoto rompe la continuidad de la vida. Es algo que ocurre de pronto. Genera imágenes impactantes: edificios caídos, personas atrapadas, llanto público, rescates, urgencia, cifras que aumentan hora tras hora. La conciencia colectiva se sacude porque el desastre se presenta como algo extraordinario.

La violencia machista, en cambio, muchas veces ha sido convertida culturalmente en “parte de la vida” normalizando las discusiones de pareja, celos, control, amenazas, humillaciones, dependencia económica, miedo dentro del hogar, asesinatos que se anuncian como “crímenes pasionales” o “problemas domésticos”. La violencia machista se normaliza porque se repite. Esa normalización es terrible porque anestesia la sensibilidad, ya que lo que ocurre todos los días deja de parecernos emergencia, aunque moralmente sea más grave precisamente porque ocurre todos los días y destroza vidas.

Frente a un sismo, casi todos podemos solidarizarnos sin sentirnos cuestionados. El enemigo parece externo: la tierra tembló, la naturaleza golpeó, la desgracia llegó; allí la solidaridad no exige revisar nuestras costumbres íntimas, nuestro lenguaje, nuestros prejuicios ni nuestras estructuras de poder. La violencia machista, en cambio, sí nos interpela. Nos obliga a preguntar:

¿Qué educación emocional reciben los hombres? 
¿Qué ideas de posesión se enseñan en la pareja? 
¿Por qué se toleran los celos como prueba de amor? 
¿Por qué se duda de la mujer que denuncia?
¿por qué tantas familias prefieren callar? 
¿por qué tantas instituciones llegan tarde?
¿Qué complicidad hay en los chistes, silencios y justificaciones?

Por eso muchas personas prefieren solidarizarse con la tragedia natural antes que enfrentar la tragedia cultural. El sismo nos conmueve; la violencia machista nos acusa.

Una conciencia verdaderamente humana, una conciencia despierta, no debería necesitar que el dolor sea espectacular para reconocerlo. La conciencia madura no solo reacciona ante la imagen dramática del derrumbe, también percibe los derrumbes silenciosos: una mujer que vive con miedo, una niña abusada, una madre amenazada, una joven controlada por su pareja, una víctima que no denuncia porque sabe que nadie le creerá.

Aquí aparece el problema de la conciencia de humanidad. Muchas veces nuestra sensibilidad es emocional, pero no estructural. Nos duele lo que vemos, no necesariamente lo que comprendemos. Reaccionamos ante el impacto, pero no siempre ante la causa profunda. La conciencia de humanidad no consiste solo en sentir lástima ante una tragedia, consiste sobre todo en desarrollar una percepción más amplia del sufrimiento humano, especialmente cuando ese sufrimiento está oculto, repetido o legitimado por la costumbre.

La víctima de un terremoto suele ser reconocida socialmente como inocente. Nadie pregunta: “¿qué hizo para que le cayera el edificio encima?”. En cambio, frente a la violencia machista todavía se escuchan preguntas crueles: “¿Por qué no se fue?” “¿Qué hizo para provocarlo?” “¿Por qué volvió con él?” “¿Por qué no denunció antes?” “¿Será verdad lo que dice?”

Esta diferencia revela una deformación moral. Ante el desastre natural, la víctima es compadecida; ante la violencia machista, muchas veces la víctima es examinada, sospechada o culpabilizada. Ahí se está manifestando una conciencia social enferma: no solo por la violencia del agresor, sino por la violencia secundaria de quienes juzgan, minimizan o callan.


Podría decirse que la violencia machista es un sismo permanente, pero más difícil de reconocer. No sacude la tierra: sacude hogares, cuerpos, infancias, vínculos, memorias y generaciones. Un terremoto puede durar segundos o minutos y dejar consecuencias durante años. La violencia machista puede durar años dentro de una casa y reproducirse durante generaciones; sus réplicas aparecen en hijas e hijos traumatizados, mujeres empobrecidas, miedo social, enfermedades psicológicas, pérdida de libertad, feminicidios y comunidades enteras acostumbradas al abuso.

Por eso, cuando una sociedad se conmueve mucho ante un sismo, pero se conmueve poco ante la violencia contra las mujeres, muestra que todavía confunde intensidad emocional con profundidad ética.

Este fenómeno se relaciona directamente con el nivel de conciencia colectiva. Una conciencia dormida reacciona ante lo que el mundo le muestra con fuerza: la noticia urgente, la imagen viral, la campaña emocional, el rescate dramático. Pero una conciencia despierta pregunta también por lo que no se quiere mirar: la violencia sistemática contra las mujeres.

La conciencia de humanidad implica ampliar el círculo de sensibilidad a todos los seres. No basta con sufrir por quienes están bajo los escombros de un edificio. También hay que sufrir, comprender y actuar por quienes viven bajo los escombros invisibles del miedo, del control, de la dominación y de la impunidad. La verdadera humanidad no se mide solo por la capacidad de ayudar en una emergencia visible, sino por la capacidad de reconocer y transformar las violencias que hemos aprendido a considerar normales.

Lo que digo no nos pone a elegir entre solidarizarse con las víctimas de un sismo o solidarizarse con las víctimas de la violencia machista. Una conciencia humana íntegra debe poder hacer ambas cosas. La diferencia está en que el sismo nos exige ayuda inmediata; la violencia machista nos exige algo más incómodo: transformación cultural, revisión personal, educación emocional, justicia, prevención y valentía moral.

La pregunta final que debemos hacernos es:

¿Somos solidarios solamente cuando la tragedia viene de la naturaleza, o también debemos serlo cuando la tragedia nace de nuestras propias estructuras mentales, familiares, culturales y sociales?

Esa es la medida de una verdadera conciencia de humanidad. Y solo se puede construir despertando conciencia en una mayoría de seres humanos.

 

 



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